El plan de acción de cinco dimensiones: ¿cómo podemos fomentar interacciones positivas entre la naturaleza y los humanos?

Artículo escrito por Pernilla Borgstrom, mayo 4 del 2020. Artículo traducido por María Loza Correa, mayo 20 del 2020.

Referencia científica: Soga & Gaston. 2020. The ecology of human–nature interactions. Proceedings of the Royal Society B: Biological Sciences 287: 20191882.  http://dx.doi.org/10.1098/rspb.2019.1882

No sé tú, pero en este momento me resulta difícil relacionarme de manera relajada con la sociedad humana. La enorme magnitud de la incertidumbre asociada al futuro cercano y lejano durante este período de crisis global significa que toda planificación de la vida, a escalas grandes y pequeñas, tiene un tinte de ansiedad y surrealismo. Pero uno de los pocos y pequeños alivios para mí es que la escalada de la crisis coincide con lo que podría decirse que es la temporada más hermosa aquí en el sur de Suecia. La primavera ha comenzado finalmente, como lo demuestran los gorgojeos incesantes de las aves desde las copas de los árboles, y los insectos que bostezan y se estiran e intentan cobrar vida, cada día de forma rutinaria.

Zonas verdes en Slottsparken, Malmö, Suecia. Foto: Jorchr – Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=20898046

La semana pasada, las hayas en el parque afuera de la ventana de mi oficina se abrieron en una gloriosa exhibición de verde casi fluorescente; caminar por ese parque en estos días te daría un curso urbano exprés del concepto japonés llamado “baños de bosque“.

Pero, ¿por qué estoy divagando de forma romántica sobre las bondades de la primavera y el paisaje sonoro? ¿No es la primavera un tiempo glorioso incluso en años sin coronavirus? Bueno, por supuesto que lo es, pero es en momentos de crisis, ya sea personal o global, que mi impulso de “escapar a la naturaleza” tiende a ser más feroz. Porque a la naturaleza no le importa, y la naturaleza continuará moviéndose, independientemente de nuestras preocupaciones humanas. Y esto, creo, es uno de los factores centrales de las cualidades terapéuticas de nuestra relación con la naturaleza, a menudo resaltada como un componente clave en el bienestar colectivo y global de los humanos. Pero las circunstancias para relacionarnos con la naturaleza de una manera positiva o beneficiosa para nosotros dependen en gran medida de en qué parte del mundo estamos y del espectro socioeconómico en el que nos encontramos.

Un plan de acción de cinco dimensiones

En el artículo reciente de Masashi Soga y Kevin J. Gaston, han esbozado lo que llaman un plan de acción para los investigadores que buscan comprender más sobre cómo los humanos en todo el mundo se relacionan con la naturaleza. Los investigadores definen la relación humano-naturaleza como “cuando una persona está presente en el mismo espacio físico que la naturaleza o percibe directamente un estímulo de la naturaleza”, y clasifican los tipos existentes de interacciones humano-naturaleza en cinco dimensiones clave:

  • inmediatez (¿qué tan físicamente cerca estamos de la naturaleza?)
  • conciencia (¿cuán conscientes somos de que estamos cerca?)
  • intencionalidad (¿cuán deliberada es la interacción desde el lado humano?)
  • grado de mediación humana (¿qué tan involucrados han estado los humanos en el sitio de interacción?), y
  • dirección de los resultados (positivos o negativos, y ¿desde qué perspectiva?).

Estas cinco dimensiones están relacionadas entre sí de muchas maneras. Por ejemplo, las interacciones intencionales tienen más probabilidades de ser conscientes y positivas. Pero hasta ahora, los estudios sobre las interacciones humanas con la naturaleza han tendido a centrarse en un solo tipo de interacción, sin tener en cuenta que la mayoría de las interacciones ocurren simultáneamente con otras, y no de forma aislada. Soga y Gaston señalan que comprender cómo la mezcla de estas interacciones influye en el resultado de la “experiencia interactiva” completa es un área de investigación clave en el futuro.

Los comederos de aves son populares solo en algunas partes del mundo; en otros, es prácticamente desconocido. Foto: Mick Lobb, CC BY-SA 2.0,
https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=13698632

Interacciones entre humanos y animales en el espacio y el tiempo.

Las interacciones humano-naturaleza varían espacialmente, ya que la disponibilidad y accesibilidad de la naturaleza pueden verse muy diferentes a diferentes escalas locales, regionales y globales. Las interacciones también dependen de la distribución de los propios humanos. Dado que la mayoría de la población mundial reside en áreas urbanas, las personas experimentan en mayor proporción o la totalidad de sus interacciones humano-naturaleza en ciudades o pueblos, y las ciudades de todo el mundo varían enormemente en su proporción de espacios verdes o “salvajes”. Es importante destacar que la variación espacial en las interacciones humano-naturaleza, especialmente a gran escala, depende de las diferencias culturales, religiosas y socioeconómicas en la probabilidad de que las personas se involucren con la naturaleza y su actitud hacia ella. Los comederos de aves en jardines es un ejemplo interesante. Si bien es una actividad extremadamente popular en países occidentales como el Reino Unido, los Estados Unidos y en Suecia, mi país natal, pero están ampliamente desaconsejados en Australia, y son esencialmente desconocidos en gran parte de África y Asia.

Las interacciones humano-naturaleza también varían en el tiempo, con respecto a la hora del día, a los días y a las estaciones del año. Una vez más, los autores dan un ejemplo con aves: salvo la mayoría de los observadores de aves más acérrimos, la mayoría de los humanos tienden a interactuar principalmente con un pequeño subconjunto de aves locales, ya que muchas especies están activas más temprano que la mayoría de los humanos. Lo mismo ocurre con nuestras interacciones con los mamíferos locales, ya que la mayoría de los mamíferos están activos durante la noche.

La mayoría de nosotros tenemos pocas interacciones con los murciélagos, ya que estos mamíferos son nocturnos. Foto: Wilson Bilkovich – White-Shouldered Bat, CC BY-SA 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=6827743
La extinción de la experiencia

Hay cierta preocupación con respecto a un aumento global de algunas interacciones negativas humano-naturaleza, tales como las mordeduras de serpientes, las mordeduras de tiburones y los ataques de animales carnívoros. Identificar la causa exacta de este aumento es difícil, pero podría deberse, por ejemplo, a aumentos de la población humana, al aumento del número de turistas en lugares previamente remotos y no perturbados, y a personas que se comportan de manera inapropiada hacia los animales salvajes.

Igualmente, es preocupante la disminución general de las interacciones positivas. Esto es bastante inquietante, y se le ha llamado “la extinción de la experiencia”, lo que denota el hecho de que las interacciones entre los humanos y la naturaleza han disminuido continuamente en la historia reciente. Esta tendencia es más evidente en los países desarrollados, y se cree que es causada por la combinación de la pérdida de oportunidades para interactuar con la naturaleza (por ejemplo, debido a la urbanización y la consecuente pérdida de la biodiversidad), y la pérdida del interés humano para interactuar activamente con la naturaleza. Comprender cómo actúan estos dos factores juntos para impulsar la “extinción de la experiencia”, es crucial para desarrollar políticas y estrategias que puedan contrarrestar este proceso de extinción abstracto pero muy real.

Los antecedentes son importantes

No es sorprendente, pero es muy importante, el papel de la dinámica socioeconómica en la determinación de las interacciones humano-naturaleza. Los grupos con ventajas socioeconómicas tienden más a experimentar interacciones positivas con la naturaleza. Observar aves desde un jardín propio y disfrutar de la vista de los árboles de la calle desde la ventana de una casa son solo dos ejemplos de experiencias que están reservadas en gran medida para aquellos que tienen el privilegio de vivir en vecindarios más verdes o tener casas cerca de parques y bosques. En los países menos desarrollados, las personas que provienen de entornos desfavorecidos tienden a tener más a menudo interacciones negativas, como mordeduras y picaduras de animales salvajes.

Una caminata en el bosque es un privilegio. Foto: Nicolas Picard artnok – https://unsplash.com/photos/-sBCDFctfQsImageGallery , CC0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=61670072

Será un gran desafío tanto para los científicos como para los formuladores de políticas encontrar formas de maximizar los resultados positivos y minimizar las consecuencias negativas de las interacciones entre humano-naturaleza, tanto para nosotros los humanos como los lugares naturales con los que interactuemos. Comprender cómo podemos lograr esto requiere la colaboración entre muchas disciplinas de investigación diferentes, muchas de las cuales están históricamente mal conectadas. El plan de acción propuesto por Soga y Gaston será valioso para facilitar tales interacciones transdisciplinarias.

Ahora, habiendo concluido esta pequeña aventura a través de las relaciones que los humanos compartimos con nuestro entorno natural (a veces voluntariamente, a veces involuntariamente y a veces inconscientemente), cerraré mi pantalla e iré hacer una caminata para encontrar confort en la naturaleza. Pues, soy afortunada de vivir cerca de jardines y parques y ver árboles desde mi ventana; las experiencias están ahí para ser aprovechadas y lo que tenemos que hacer simplemente es participar.

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Maria Loza

Maria Loza

Maria is passionate about integrating science and policy to contribute to evidence-informed decision making to help providing solutions to social issues in the health sector. She earned a Ph.D. in Genetics and Microbiology (2013) from the Paris Descartes University - Pasteur Institute in Paris, France. She continued as a postdoctoral researcher at Canadian Blood Services (2015-2018) in Ottawa. Her research focused on the study of molecules that help pathogenic bacteria to adapt to environments that represent a health risk. She is a Registered Microbiologist by the Canadian College of Microbiologist. Currently she works at a federal government agency in Canada, providing advice and operational support in the development and delivery of research funding programs to foster discoveries and innovations that positively impact the health sector. Maria enjoys communicating science, watching sunsets from any spot in the world and currently she aspires to become a conservation photographer.

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